Psicoanálisis y toxicomanía. Conferencia en el Centro de Atención a adicciones Toltecayotl A. C.

El centro de tratamiento en adicciones 𝗧𝗢𝗟𝗧𝗘𝗖𝗔𝗬𝗢𝗧𝗟 𝗔𝗖 celebra su 𝟳.º 𝗔𝗡𝗜𝗩𝗘𝗥𝗦𝗔𝗥𝗜𝗢 y, como parte de esta celebración, desarrollan una 𝗝𝗼𝗿𝗻𝗮𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗖𝗼𝗻𝗳𝗲𝗿𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗹𝘂𝗱 𝗠𝗲𝗻𝘁𝗮𝗹 𝘆 𝗔𝗱𝗶𝗰𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 a la que he sido invitada. Estaré conversando sobre la clínica de las toxicomanías que propone el psicoanálisis y que nada tiene que ver con todas las otras terapéuticas. De entrada platicarles por qué el “consumo de drogas” no es un síntoma. Me dieron ese título y por ahí valdría el esfuerzo empezar.

Alejandra Taboada

8/21/202638 min read

¿Qué consume un sujeto cuando consume una droga?

Alejandra Taboada

Introducción

El problema no empieza con la droga.

Quisiera comenzar con una pregunta.

No con la pregunta que habitualmente hacemos cuando alguien llega a un centro de atención a las adicciones.

No quiero comenzar preguntando:

¿Qué consume?

Tampoco:

¿Cuánto consume?

Ni siquiera:

¿Desde cuándo consume?

Quisiera comenzar con otra pregunta, una pregunta que puede parecer mucho menos práctica, pero que para el psicoanálisis puede cambiar completamente la dirección de un tratamiento:

¿Para qué le sirve a este sujeto lo que consume?

Y quizá podríamos llevarla un poco más lejos:

¿Qué ocurre en la vida de alguien cuando aparece una droga y qué es lo que la droga viene a hacer allí?

Porque hay algo que tendríamos que poder distinguir desde el principio.

Una cosa es consumir una sustancia.

Otra cosa es hacer de esa sustancia una solución.

Y otra, todavía diferente, es quedar atrapado en una relación con el tóxico que organiza una parte fundamental de la vida del sujeto.

Estas tres situaciones pueden parecer iguales desde afuera.

Desde afuera vemos una persona que consume.

Pero el psicoanálisis tiene una tradición muy larga en advertirnos que lo que se ve no necesariamente dice cuál es la función de aquello que se ve.

Dos personas pueden beber alcohol.

Dos personas pueden consumir cocaína.

Dos personas pueden fumar cannabis.

Dos personas pueden tomar tranquilizantes.

Y, sin embargo, la función de ese objeto puede ser radicalmente diferente para cada una.

Uno puede beber para acompañar una celebración.

Otro puede beber para poder hablar con alguien.

Otro para poder dormir.

Otro para no pensar.

Otro para no sentir.

Otro para soportar la angustia.

Otro para poder trabajar.

Otro para destruirse.

Y otro puede haber llegado a un punto en el que ya ni siquiera sabe muy bien por qué consume.

La sustancia es la misma.

Pero el sujeto no es el mismo.

Y esto nos introduce directamente en la perspectiva que quiero desarrollar hoy.

El psicoanálisis no comienza por la droga. Comienza por el sujeto y por la función que la droga cumple para ese sujeto.

Nosotras partimos de la pregunta “¿cómo abordar clínicamente las toxicomanías atendiendo a la singularidad del sujeto y a la función que el tóxico puede adquirir en su economía psíquica?”

Y esto nos lleva al verdadero problema de esta conferencia.

Porque si estamos acostumbrados a pensar que una adicción es un síntoma, y, entonces, se busque eliminar ese síntoma, en otros casos o abordajes entonces probablemente pensemos que tenemos que descubrir qué significa ese síntoma.

Pero el psicoanálisis introduce aquí una dificultad.

Una dificultad que puede resultar desconcertante:

la toxicomanía no es necesariamente un síntoma.

Más aún:

el consumo puede funcionar justamente como una manera de no producir un síntoma.

Esta afirmación puede parecer extraña.

Y por eso quisiera dedicar esta hora a explicarla.

No para defender una posición dogmática.

No para decir que el psicoanálisis tiene la única respuesta.

Mucho menos para negar la importancia de los tratamientos médicos, psicológicos, comunitarios o institucionales.

En un centro de atención a las adicciones sabemos perfectamente que hay situaciones en las que primero hay que preservar la vida.

Hay intoxicaciones.

Hay síndromes de abstinencia.

Hay riesgos médicos.

Hay situaciones familiares graves.

Hay violencia.

Hay adolescentes en peligro.

Hay personas que necesitan hospitalización.

Hay sujetos que necesitan una separación efectiva del consumo.

El psicoanálisis no tiene ninguna razón para ignorar eso.

Pero precisamente porque necesitamos trabajar con la realidad clínica, tenemos que preguntarnos:

¿Qué hacemos después de haber conseguido que alguien deje de consumir?

Porque conseguir que alguien deje una sustancia puede ser extraordinariamente importante.

Pero no necesariamente significa que hayamos modificado aquello que hacía necesaria esa sustancia.

Y aquí aparece una diferencia fundamental entre eliminar una conducta y transformar la relación de un sujeto con su goce.

Ese será el hilo conductor de esta conferencia.

Voy a desarrollar tres ideas.

Primera:

No hay que confundir la sustancia con la función del tóxico.

Segunda:

El consumo no es, para el psicoanálisis, un síntoma en el sentido freudiano clásico; la toxicomanía puede presentarse como una ruptura con el Otro y con el goce fálico.

Y tercera:

Si el consumo es una solución, la clínica no consiste simplemente en quitar la solución, sino en averiguar qué problema estaba resolviendo y qué puede inventar el sujeto en su lugar.

I. La droga no explica al sujeto: La función del tóxico.

Quisiera empezar por una escena clínica muy sencilla.

Imaginemos a un joven de 24 años que llega a un centro porque consume cocaína.

La familia está desesperada.

La madre dice:

—Ya no sabemos qué hacer con él.

El padre dice:

—Lo que tiene es una adicción.

La institución pregunta:

—¿Cuánto consume?

El médico pregunta:

—¿Qué consume y con qué frecuencia?

El psicólogo pregunta:

—¿Desde cuándo?

Todo eso puede ser necesario.

Pero el psicoanalista escucha otra cosa.

Escucha, por ejemplo, que el joven dice: “Cuando consumo, por fin puedo dejar de pensar.”

Y ahí algo cambia.

Porque ya no estamos hablando solamente de cocaína.

Estamos hablando de pensamiento.

Estamos hablando de angustia.

Estamos hablando de una relación particular con el pensamiento.

Estamos hablando de algo que el sujeto experimenta como insoportable y que la droga consigue interrumpir.

Entonces podemos formular una primera hipótesis:

Quizá el problema no sea solamente que consume cocaína.

Quizá la cocaína está funcionando como una respuesta a algo.

La droga, en ese caso, no es simplemente una causa. Es una solución.

Una solución problemática, destructiva, costosa, incluso mortal. Pero una solución.

Y ésta es una de las ideas más importantes de la clínica psicoanalítica:

un síntoma, una conducta o una práctica pueden ser al mismo tiempo un problema y una solución.

La persona no se aferra a aquello que la hace sufrir simplemente porque sea irracional.

Muchas veces se aferra porque eso que la hace sufrir también cumple una función.

Por eso, si quitamos la solución demasiado rápidamente, podemos dejar al sujeto frente al problema desnudo.

Y entonces puede aparecer algo peor.

La angustia puede aumentar.

Puede aparecer una crisis.

Puede aparecer una depresión.

Puede aparecer una actuación.

Puede aparecer otro consumo.

Puede aparecer una sustitución.

O puede aparecer algo que estaba oculto detrás del consumo.

Esto explica por qué en ocasiones vemos personas que dejan una droga y rápidamente desarrollan otra adicción.

Dejan la cocaína y aparece el alcohol.

Dejan el alcohol y aparece el juego.

Dejan el juego y aparece una compulsión sexual.

Dejan una conducta y aparece otra.

Desde una lectura superficial podríamos decir: “Ahora tiene otra adicción.”

Pero desde una lectura psicoanalítica podemos formular otra pregunta:

¿Qué se mantiene constante mientras cambia el objeto?

Ésta es una pregunta decisiva.

Porque quizá el objeto cambia, pero la relación de goce permanece.

Y aquí aparece una noción desarrollada por el psicoanálisis: la función del tóxico.

La expresión es muy precisa.

Una función establece una relación.

- Por un lado tenemos el objeto: una sustancia determinada, con sus propiedades químicas.

- Por otro lado tenemos las condiciones singulares de satisfacción de un sujeto.

La función del tóxico permite pensar justamente cómo ese objeto se inserta en la economía de goce de ese sujeto.

Dicho de una manera más sencilla:

La droga puede producir determinados efectos sobre cualquier cuerpo.

Pero no todos hacen lo mismo con esos efectos.

Y eso es lo que interesa al psicoanálisis.

Una metáfora.

Podríamos imaginar que la droga es como una llave.

Una llave puede abrir una puerta.

Pero para saber qué significa esa llave tenemos que saber:

¿qué puerta abre?

Y todavía más:

¿qué hay detrás de esa puerta?

Si nos quedamos únicamente con la llave, hacemos farmacología.

Si nos quedamos únicamente con la puerta, hacemos una clasificación.

Pero si queremos comprender al sujeto, tenemos que preguntarnos:

¿qué consigue abrir o cerrar esta sustancia en la vida de esta persona?

Porque hay sujetos que consumen para abrirse.

Y sujetos que consumen para cerrarse.

Unos buscan intensidad.

Otros buscan anestesia.

Unos quieren sentirse poderosos.

Otros quieren desaparecer.

Unos quieren poder hablar.

Otros quieren dejar de hablar.

Unos buscan el cuerpo.

Otros buscan salir del cuerpo.

Y algunos buscan, sencillamente, no encontrarse con algo.

Por eso la misma droga puede tener funciones completamente diferentes.

Freud ya había encontrado algo de esto. Y aquí podemos hacer un pequeño rodeo por Freud.

Mucho antes de que habláramos de “adicciones conductuales”, “dependencias” o “trastornos por consumo de sustancias”, Freud ya se había encontrado con la cuestión de la satisfacción que puede fijarse a determinados objetos y prácticas.

En 1897, en una carta de Freud le escribe al Dr. Wilhelm Fliess, dice:

“La masturbación es la adicción primordial y las demás adicciones —al alcohol, al tabaco, a la morfina, etc.— sólo son sustitutos y reemplazos de ella.”

No quiere decir simplemente que masturbarse sea una adicción en el sentido moderno de la palabra.

Lo que está intentando formular es algo mucho más profundo: la estructura de la adicción puede pensarse a partir de una primera relación compulsiva del sujeto con una satisfacción sexual.

La referencia es importante porque nos permite pensar la adicción no simplemente como una relación con una sustancia externa, sino como una relación con una modalidad de satisfacción corporal.

1. El contexto: Freud todavía está construyendo el concepto de sexualidad

Hay que situar la frase históricamente.

Estamos hablando de 1897, es decir, del Freud temprano, antes de La interpretación de los sueños (1900) y mucho antes de Tres ensayos de teoría sexual (1905).

Freud todavía está intentando comprender qué causa las neurosis.

Y en ese momento tiene una preocupación central:

¿Por qué determinadas conductas se vuelven compulsivas?

Entre ellas aparece la masturbación.

Pero Freud comienza a descubrir algo que será fundamental para todo el psicoanálisis:

el problema no es simplemente la conducta, sino la relación del sujeto con la satisfacción que esa conducta proporciona.

Esto es decisivo.

2. La masturbación como primera experiencia de satisfacción autoerótica

Para Freud, la sexualidad infantil no comienza con la relación sexual con otra persona.

El niño tiene múltiples formas de satisfacción corporal:

· chupar,

· retener o expulsar,

· tocar determinadas partes del cuerpo,

· producir sensaciones placenteras,

· masturbarse.

Esto conduce al concepto freudiano de autoerotismo.

El autoerotismo significa, en términos generales, que la pulsión puede obtener satisfacción sin necesitar inicialmente un objeto sexual externo constituido como tal.

El cuerpo mismo puede convertirse en fuente de satisfacción.

Esto es fundamental para entender la frase sobre la adicción.

Porque la masturbación introduce una estructura muy particular:

tensión → acto → satisfacción → disminución de la tensión → nueva tensión → repetición.

El sujeto descubre una vía relativamente directa hacia una satisfacción.

Y una vez descubierta esa vía, puede volver a ella.

3. La cuestión no es el placer: es la repetición

Aquí empieza a aparecer el verdadero interés psicoanalítico.

Si Freud simplemente estuviera diciendo:

“La masturbación produce placer.”, no habría nada particularmente interesante.

El problema es: ¿Por qué el sujeto vuelve a repetir una satisfacción que ya obtuvo?

La satisfacción ya ocurrió. Sin embargo, vuelve a buscarse.

Esto introduce la dimensión de la compulsión de repetición, aunque el concepto será elaborado mucho después.

La estructura sería aproximadamente:

falta/tensión → búsqueda → satisfacción → desaparición temporal de la tensión → retorno de la tensión → búsqueda nuevamente.

Por eso la satisfacción no elimina definitivamente aquello que la provoca.

La satisfacción prepara una nueva demanda de satisfacción.

Este punto es fundamental para pensar las adicciones.

4. La masturbación como “modelo” de la adicción

Cuando Freud dice que las demás adicciones son sustitutos de la masturbación, podemos leerlo así:

La masturbación sería una especie de prototipo estructural.

El sujeto encuentra un objeto o una práctica que permite obtener rápidamente una satisfacción corporal.

Posteriormente pueden aparecer otras prácticas que cumplen una función semejante:

· alcohol,

· tabaco,

· morfina,

· comida, etc.

No necesariamente porque el sujeto “sustituya” literalmente la masturbación por alcohol.

La idea más profunda es:

distintas conductas pueden ocupar un lugar funcional semejante en la economía psíquica del sujeto.

Es decir, pueden convertirse en vías privilegiadas para producir una determinada satisfacción y aliviar una determinada tensión.

5. Aquí aparece una diferencia fundamental con la concepción contemporánea de adicción.

Hoy podemos decir:

“Una adicción es una dependencia de una sustancia o conducta.”

Freud está interesado en otra pregunta:

¿Qué función cumple aquello de lo que el sujeto no puede dejar de servirse?

Esto cambia completamente el problema.

No pregunta solamente:

“¿A qué es adicto?” sino: “¿Para qué le sirve esa adicción?”

Y esta pregunta es extraordinariamente fecunda desde el psicoanálisis.

Porque dos sujetos pueden consumir la misma sustancia y, sin embargo, tener relaciones subjetivas completamente diferentes con ella.

6. La droga puede ser un sustituto de una satisfacción

En la frase de Freud hay entonces una idea de sustitución.

Supongamos esquemáticamente:

masturbación → satisfacción

Más adelante:

alcohol → satisfacción

o:

morfina → satisfacción

Pero el punto no es que alcohol y masturbación sean equivalentes.

El punto es que pueden ocupar un lugar equivalente dentro de una economía libidinal particular.

Esto anticipa algo que posteriormente será central en psicoanálisis:

el objeto puede cambiar, pero la función de la satisfacción puede permanecer.

Y aquí Freud se aleja radicalmente de una explicación puramente farmacológica.

7. ¿Por qué “primordial”?

La palabra “primordial” es especialmente importante.

No significa necesariamente “la primera adicción cronológicamente”.

Significa más bien:

la forma originaria que permite pensar la estructura de otras adicciones.

La masturbación es particularmente importante porque muestra algo que Freud descubrirá progresivamente:

la sexualidad no depende necesariamente de un objeto externo.

La pulsión puede encontrar satisfacción en el propio cuerpo.

Y eso permite comprender algo que después será central:

la pulsión no busca simplemente un objeto; busca satisfacción.

Esto es muchísimo más importante que decir:

“El sujeto desea determinada cosa.”

8. Y aquí aparece una diferencia entre deseo y satisfacción

Esto nos acerca al Freud posterior y, eventualmente, a Lacan.

En términos muy simplificados:

el deseo busca algo que nunca termina de encontrar.

La pulsión, en cambio, tiene una relación particular con la satisfacción.

Puede dar vueltas alrededor de un objeto y volver a empezar.

Por eso la lógica adictiva tiene algo de circuito:

tensión → objeto → satisfacción → retorno → objeto → satisfacción...

El objeto puede cambiar.

Lo que permanece es el circuito.

9. Esto permite entender algo aparentemente paradójico

¿Por qué alguien continúa haciendo algo que sabe que le hace daño?

Desde una perspectiva puramente racional, parece absurdo:

“Si sabe que le hace daño, ¿por qué no lo deja?”

Pero el psicoanálisis respondería:

porque no se trata simplemente de una elección racional.

Hay una satisfacción implicada.

Y esa satisfacción puede ser incluso paradójica.

El sujeto puede decir:

“No quiero hacerlo.”

y simultáneamente:

“No puedo dejar de hacerlo.”

No hay necesariamente una contradicción.

Porque hay dos dimensiones diferentes:

lo que el sujeto quiere conscientemente

y

la satisfacción pulsional que obtiene sin quererla deliberadamente.

10. El punto decisivo: satisfacción no equivale a placer

Esto se vuelve todavía más interesante en Freud tardío y, sobre todo, en Lacan.

Una conducta puede producir sufrimiento y, sin embargo, contener satisfacción.

Esto es una de las grandes paradojas del psicoanálisis:

el sujeto puede sufrir de aquello mismo de lo que obtiene una satisfacción.

Por eso la repetición puede persistir aunque haya consecuencias negativas.

No porque el sujeto “no entienda” que está dañándose.

Sino porque hay algo en esa repetición que satisface.

Lacan llamará a esto goce.

11. Entonces podemos reinterpretar la frase de Freud desde Lacan

Aquí hay una transición muy bonita:

Freud temprano:

masturbación → adicción primordial

Freud posterior:

pulsión → repetición → satisfacción paradójica

Lacan:

pulsión → circuito → goce

Y entonces la frase de Freud adquiere una profundidad nueva.

La adicción no se define primordialmente por el objeto.

No sería:

“la droga es adictiva porque tiene determinadas propiedades.”

Desde el psicoanálisis podemos preguntar:

¿qué lugar ocupa la droga para este sujeto y qué circuito de goce organiza?

12. Esto es especialmente importante para pensar las toxicomanías

Aquí aparece una consecuencia clínica muy importante.

Si la droga fuera simplemente el objeto de una necesidad biológica, bastaría con eliminarla.

Pero desde el psicoanálisis:

eliminar el objeto no necesariamente elimina el circuito.

El sujeto puede desplazarse hacia otro objeto o conducta.

Por ejemplo, esquemáticamente:

droga → abstinencia → comida compulsiva

o:

droga → abstinencia → sexualidad compulsiva

o:

droga → abstinencia → juego

o:

droga → abstinencia → otra práctica repetitiva.

Esto no significa que todas las sustituciones sean equivalentes ni que necesariamente ocurran.

Significa que la función de la satisfacción debe ser interrogada.

13. Y aquí Freud resulta sorprendentemente actual

La frase de 1897 puede leerse hoy no tanto como:

“todas las adicciones provienen de la masturbación”

—eso sería una interpretación demasiado literal y, además, incorrecta—,

sino como:

“La primera forma de relación compulsiva con una satisfacción corporal nos permite comprender algo de la estructura de las adicciones posteriores.”

Esto es mucho más interesante.

Porque Freud está desplazando la pregunta:

del objeto hacia la satisfacción.

Y ese desplazamiento es decisivo.

14. Una cuestión todavía más profunda: el objeto es sustituible

Podemos representarlo así:

Objeto A → satisfacción

Objeto B → satisfacción

Objeto C → satisfacción

Lo que importa no es solamente A, B o C.

Importa la relación del sujeto con la satisfacción que el circuito produce.

Por eso Freud puede hablar de sustitutos.

El objeto cambia.

La función puede permanecer.

Y esto nos lleva directamente a la noción psicoanalítica de economía libidinal.

15. Pero hay que tener cuidado con una lectura moralizante

Esto es importante.

Freud no está diciendo que la masturbación sea “mala” porque sea una adicción.

De hecho, su teoría de la sexualidad infantil termina destruyendo precisamente la idea de que la sexualidad aparece solamente en la adultez y únicamente vinculada a la reproducción.

La masturbación es una expresión de la sexualidad infantil y del autoerotismo.

Lo que interesa a Freud es la posibilidad de que una satisfacción se vuelva compulsiva y se convierta en un circuito del que el sujeto no consigue separarse.

Por eso no debemos convertir la frase en:

masturbación = enfermedad.

Eso sería completamente ajeno a lo más interesante de la elaboración freudiana.

16. Y aquí aparece una pregunta que me parece especialmente potente

Si llevamos esta idea hasta sus últimas consecuencias, podemos preguntar:

¿Qué diferencia hay entre un hábito, un placer, un deseo y una adicción?

No basta con que una conducta se repita.

No basta con que produzca placer.

Incluso no basta con que produzca daño.

Lo específicamente interesante para el psicoanálisis es que exista una fijación de la satisfacción y que el sujeto quede atrapado en un circuito repetitivo.

Por eso podríamos formularlo así:

Hábito

“Lo hago porque estoy acostumbrado.”

Placer

“Lo hago porque me gusta.”

Deseo

“Lo quiero, pero puedo desplazarlo, transformarlo, postergarlo.”

Adicción

“Sé que no quiero seguir haciéndolo, pero algo de mí insiste en volver.”

Y ese “algo de mí insiste” es precisamente lo que el psicoanálisis quiere escuchar.

La frase de Freud, condensada.

Cuando Freud llama a la masturbación “la adicción primordial”, no está afirmando que todas las adicciones sean literalmente consecuencias de masturbarse. Está señalando que en la masturbación puede observarse de manera particularmente clara una estructura que luego reaparece en otras adicciones: el sujeto descubre una vía privilegiada hacia una satisfacción corporal, queda fijado a ella, la repite y puede sustituir el objeto sin abandonar el circuito de satisfacción.

Y esto nos conduce a una cuestión todavía más interesante para el psicoanálisis de las toxicomanías:

si la droga es un objeto que produce satisfacción, ¿qué sucede cuando el sujeto consigue que la droga funcione como una manera de prescindir del Otro?

Ahí es donde la lectura de Freud puede llevarnos directamente a Lacan, la toxicomanía, el goce y la función de “romper el matrimonio con el pequeño pipí”, que es una formulación lacaniana particularmente provocadora y que permite distinguir muy bien entre adicción, sexualidad, pulsión y relación con el Otro.

Y en El malestar en la cultura, Freud coloca a las sustancias entre los recursos mediante los cuales los seres humanos intentan modificar su estado de ánimo y hacer soportable el malestar de existir.

Esto es extraordinariamente actual.

Porque Freud no dice simplemente: “Las personas consumen drogas porque son débiles.”

Dice algo mucho más interesante:

los seres humanos necesitan recursos para soportar el hecho mismo de existir.

La cultura produce malestar.

El deseo produce malestar.

El cuerpo produce malestar.

Las relaciones producen malestar.

La sexualidad produce malestar.

La pérdida produce malestar.

Y cada época inventa sus propios modos de tratar ese malestar.

La droga es uno de ellos.

II. ¿Por qué el consumo no es un síntoma?

Del síntoma como mensaje a la toxicomanía como ruptura

Aquí llegamos al punto más propiamente lacaniano de la conferencia.

Y probablemente también al más difícil.

Voy a intentar explicarlo sin dar por supuesto que todos aquí han estudiado psicoanálisis.

Cuando Freud habla del síntoma, está hablando de algo que tiene una estructura muy particular.

El síntoma no es simplemente algo que molesta.

No es simplemente una conducta que queremos eliminar.

Un síntoma tiene un sentido.

Pero tiene un sentido que el sujeto desconoce.

El síntoma es una formación de compromiso.

Es decir, algo en el sujeto quiere decirse, pero encuentra una resistencia.

Entonces aparece una formación sustitutiva.

El síntoma dice algo.

Pero lo dice de manera deformada.

Por eso Freud descubre que el síntoma puede ser interpretado.

Y Lacan radicaliza esta idea cuando plantea que el síntoma tiene una dimensión significante, que se dirige al Otro.

Dicho de manera sencilla:

el síntoma habla.

La persona que tiene un síntoma no necesariamente sabe lo que está diciendo con él.

Pero su síntoma está inscrito en una historia.

Tiene relaciones con palabras.

Con recuerdos.

Con deseos.

Con conflictos.

Con prohibiciones.

Con fantasías.

Con el Otro.

Por eso el psicoanálisis puede interpretar un síntoma.

Pero aquí aparece la dificultad.

¿Qué pasa cuando una persona no necesita hablar para conseguir una satisfacción?

¿Qué pasa cuando en lugar de producir una formación que pueda dirigirse al Otro, encuentra una sustancia que actúa directamente sobre el cuerpo?

Aquí aparece la célebre referencia de Lacan de 1975.

Lacan formula que no habría otra definición de la droga que aquello que permite “romper el matrimonio con el pequeño pipí”.

La expresión es provocadora.

Pero la referencia conceptual es precisa.

Éric Laurent interpreta esta indicación como una ruptura con el goce fálico.

No voy a detenerme demasiado en la expresión anatómica.

Lo importante es entender qué significa el falo en la teoría lacaniana.

El falo no es simplemente el pene.

Es una función simbólica.

Tiene que ver con la manera en que el sujeto queda introducido en el campo del deseo, de la falta, de la diferencia y del Otro.

Entonces, cuando Lacan habla de romper ese “matrimonio”, está señalando una modalidad de goce que puede quedar separada de ese circuito.

Laurent lo formula de una manera especialmente fuerte:

la toxicomanía no sería una formación de compromiso, sino una formación de ruptura.

Y aquí está una de las diferencias fundamentales.

El síntoma neurótico dice:

“Hay algo que no puedo resolver, y eso vuelve.”

La toxicomanía puede decir:

“No necesito resolverlo. Tengo una sustancia.”

El síntoma abre una pregunta.

El tóxico puede cerrarla.

El síntoma conduce al Otro.

El tóxico puede permitir prescindir del Otro.

El síntoma hace hablar.

El tóxico puede hacer callar.

Y por eso Luis Darío Salamone utiliza una expresión muy interesante: el silencio de las drogas.

En su trabajo sobre toxicomanías, señala precisamente la necesidad de interrogar la relación singular del sujeto con la sustancia y de no dejarse fascinar por la droga como objeto.

El sujeto que no quiere saber.

Imaginemos ahora a una persona que llega a consulta y dice:

—Yo no quiero hablar de mi infancia.

—No quiero hablar de mi padre.

—No quiero hablar de mi madre.

—No quiero saber por qué consumo.

—Sólo quiero dejar de consumir.

Esto puede resultar frustrante para un terapeuta.

Porque podríamos pensar:

“Está negándose a trabajar.”

Pero el psicoanalista puede escuchar otra cosa.

Puede escuchar que la negativa a hablar forma parte de la relación con el tóxico.

La droga no solamente produce una satisfacción.

Puede producir también una separación respecto del Otro.

Un sujeto puede decir:

“Con esto no necesito a nadie.”

Y aquí encontramos una característica importante de determinadas toxicomanías:

la satisfacción puede adquirir una dimensión autoerótica, cerrada sobre el cuerpo propio.

No necesariamente necesita pasar por el reconocimiento de otro.

No necesariamente necesita ser compartida.

No necesita seducir.

No necesita convencer.

No necesita explicar.

No necesita ser interpretada.

La sustancia está ahí.

Y funciona.

Por eso la toxicomanía plantea un problema particular al psicoanálisis.

Porque el psicoanálisis trabaja con la palabra.

Pero la droga puede funcionar precisamente como una manera de hacer callar la palabra.

III. La droga como cortocircuito

Podríamos imaginar el funcionamiento habitual del síntoma como un circuito:

algo ocurre → produce angustia → el sujeto habla → aparece una pregunta → aparece el Otro → se construye un sentido.

En determinadas toxicomanías podemos encontrar otro circuito:

algo ocurre → aparece el malestar → aparece el tóxico → se produce una satisfacción → se corta la pregunta.

Es un cortocircuito.

Y esta palabra es importante.

Porque no estamos diciendo que el sujeto no tenga inconsciente.

Estamos diciendo que puede encontrar una vía para no querer saber de él.

Éric Laurent formula esta cuestión al distinguir la toxicomanía de la formación sintomática clásica. En su lectura, el uso del tóxico puede producir una ruptura con el goce fálico sin que eso implique necesariamente una psicosis o una forclusión del Nombre-del-Padre. Esto obliga, justamente, a no confundir toxicomanía y estructura clínica.

Esta precisión es fundamental.

Porque hay un error muy frecuente:

“Si alguien consume drogas, entonces es perverso.”

O:

“Si consume drogas, entonces es psicótico.”

No.

No existe una estructura clínica llamada “toxicomanía”.

Podemos encontrar sujetos neuróticos con toxicomanías.

Podemos encontrar sujetos psicóticos que consumen.

Podemos encontrar diferentes usos de las sustancias.

Y la misma sustancia puede cumplir funciones completamente diferentes según la estructura y la historia del sujeto.

Por eso el diagnóstico diferencial no es un lujo académico.

Puede ser decisivo para el tratamiento.

Laurent señala justamente que podemos encontrar sujetos psicóticos para quienes la droga cumple una función distinta, incluso una función de estabilización.

Entonces:

no tratamos “la toxicomanía”.

Tratamos a un sujeto que mantiene una relación particular con un objeto.

IV. No todos los consumos son toxicomanías

Aquí quisiera hacer una distinción que considero indispensable.

Si decimos:

“Todo consumo es una toxicomanía”,

nos equivocamos.

Si decimos:

“Todo consumidor es un adicto”,

también.

Y si decimos:

“Todo consumo problemático es un síntoma”,

desde la orientación lacaniana también perdemos algo importante.

Gabriel Belucci ha trabajado justamente esta diferencia entre el mero consumo de drogas y la adicción, insistiendo en que el objeto-droga puede tener diferentes usos subjetivos y que la clínica debe interrogar esos usos.

Esto es importante porque vivimos en una época en la que la palabra “adicción” se ha extendido enormemente.

Adicción al alcohol.

Adicción al tabaco.

Adicción al sexo.

Adicción al trabajo.

Adicción al celular.

Adicción a las redes.

Adicción al ejercicio.

Adicción a la comida.

Adicción a las compras.

Adicción a las series.

Adicción al videojuego.

Y entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Estamos descubriendo nuevas enfermedades o estamos descubriendo algo sobre nuestra época?

Ernesto Sinatra propone el término “Adixiones”, con X, precisamente para interrogar esta expansión contemporánea de lo adictivo. El concepto desplaza el foco desde la sustancia hacia el carácter adictivo del goce y hacia la singularidad de la fijación de cada sujeto.

La X importa.

Porque señala algo que no sabemos de antemano.

Algo que tenemos que despejar.

La X de cada sujeto.

Lo que hace que para uno el alcohol sea una bebida y para otro sea una necesidad.

Lo que hace que para uno el teléfono sea una herramienta y para otro sea un objeto del que no puede separarse.

Lo que hace que para uno el gimnasio sea ejercicio y para otro sea una exigencia feroz sobre el cuerpo.

Lo que hace que para uno jugar sea diversión y para otro se convierta en una máquina de perder.

Entonces el psicoanálisis introduce una pregunta:

¿Cuál es la satisfacción que está en juego?

V. El goce

Aquí necesitamos introducir una palabra que puede resultar extraña:

goce.

En Lacan, goce no significa simplemente placer.

De hecho, muchas veces el goce aparece justamente allí donde el placer deja de funcionar.

Una persona puede hacer algo que le produce sufrimiento y, sin embargo, repetirlo.

Puede decir:

“Sé que esto me hace daño.”

“Sé que voy a arrepentirme.”

“Sé que mañana voy a estar destruido.”

Y, sin embargo, lo vuelve a hacer.

Esto es una de las paradojas centrales de la clínica.

El sujeto no siempre busca lo que le hace bien.

Puede estar capturado por una satisfacción que no coincide con su bienestar.

Ahí aparece el goce.

Y aquí podemos comprender mejor algo que aparece en los trabajos de Salamone.

Lo tóxico no es necesariamente la sustancia.

Lo tóxico puede ser el goce.

La sustancia es el soporte.

El tóxico verdadero está en la modalidad de satisfacción.

Por eso una persona puede cambiar de sustancia y conservar la misma lógica.

Y por eso también una persona puede dejar una sustancia y quedar atrapada en otra forma de repetición.

VI. La paradoja: consumir para no sufrir… y terminar sufriendo por consumir

Hay una paradoja extraordinaria en las adicciones.

La sustancia comienza muchas veces como una solución al sufrimiento.

Y termina convirtiéndose en una de las principales fuentes de sufrimiento.

Primero:

“Bebo para poder dormir.”

Después:

“No puedo dormir si no bebo.”

Primero:

“Consumo para poder trabajar.”

Después:

“No puedo trabajar si no consumo.”

Primero:

“Juego para distraerme.”

Después:

“Ya no puedo dejar de jugar.”

Primero:

“Fumo para tranquilizarme.”

Después:

“Me angustia no tener cigarrillos.”

La solución se convierte en problema.

Pero no debemos olvidar algo:

la solución no desaparece simplemente porque se haya vuelto problemática.

Por eso el tratamiento tiene que poder escuchar ambas dimensiones.

La droga hace daño.

Sí.

Pero también hace algo.

Y tenemos que descubrir qué hace.

VII. La época del consumo

Ahora quisiera ampliar un poco la perspectiva.

Porque no podemos hablar de toxicomanías sin hablar de la época.

Vivimos en una sociedad que no solamente permite el consumo.

Lo ordena.

Consumir es una de las formas privilegiadas de pertenecer.

Nos dicen:

Compra.

Mejora.

Actualízate.

Experimenta.

Disfruta.

No te quedes atrás.

Ten más.

Ten otro.

Cambia.

Prueba.

Y, en el terreno de las sustancias, ocurre una paradoja:

la misma sociedad que condena determinadas drogas produce una enorme cantidad de objetos destinados a modificar nuestra satisfacción.

La sociedad de consumo no está contra el goce.

Está organizada alrededor de él.

Ernesto Sinatra ha trabajado justamente la relación entre toxicomanías, hipermodernidad y transformación del lazo social. Ha señalado cómo la multiplicación contemporánea de objetos y prácticas puede favorecer formas de goce cada vez más desligadas del Otro.

Y Luis Salamone ha descrito esta paradoja del consumo contemporáneo: objetos y sustancias producidos supuestamente para hacer la vida mejor pueden terminar afectando la vida misma.

Aquí la cuestión se vuelve mucho más inquietante.

Porque quizá el toxicómano no sea simplemente un individuo que está fuera de nuestra sociedad.

Quizá, en ciertos aspectos, sea un sujeto que lleva al extremo una lógica que la sociedad entera comparte.

Todos consumimos.

La diferencia es que algunos sujetos encuentran en el consumo una solución mucho más radical.

Y por eso las toxicomanías pueden funcionar como una especie de lupa.

Amplifican algo que está presente en la cultura.

VIII. El mercado y el objeto

Jacques-Alain Miller planteó la idea de que, en la civilización contemporánea, el objeto de goce ha ascendido al cenit.

Esto permite pensar una transformación importante.

Antes, la organización social estaba fuertemente sostenida por ideales.

Hoy, cada vez más, encontramos imperativos de satisfacción:

¡Goza!

Y si puedes, goza inmediatamente.

Sin espera.

Sin mediación.

Sin pérdida.

Sin frustración.

Sin límite.

La droga encaja perfectamente en esta lógica.

Porque promete una satisfacción rápida.

Directa.

Corporal.

Sin necesidad de pasar por un largo circuito.

No hay que conquistar al otro.

No hay que esperar.

No hay que construir.

No hay que simbolizar.

Hay un objeto.

Y el objeto produce un efecto.

Pero justamente aquí aparece el fracaso.

Porque ningún objeto puede resolver la falta estructural del sujeto.

La droga puede producir un instante de satisfacción.

Pero después vuelve la falta.

Y entonces hay que repetir.

Y después repetir nuevamente.

Y así se instala el circuito.

Satisfacción → caída → vacío → repetición.

La droga funciona.

Y precisamente porque funciona, fracasa.

Porque necesita volver a funcionar.

IX. Una viñeta clínica

Permítanme construir una pequeña escena.

Un hombre de treinta y tantos años llega a consulta.

Dice:

—Yo no tengo problemas con la cocaína.

El analista pregunta:

—¿Entonces por qué vino?

—Porque mi mujer dice que tengo problemas.

—¿Y usted qué piensa?

—Que exagera.

Silencio.

Después de algunas entrevistas aparece algo.

Cada vez que consume, llama a una determinada persona.

Una antigua pareja.

Una mujer con quien mantiene una relación imposible.

Cuando está sobrio no la llama.

Cuando consume, sí.

Podríamos pensar entonces que el problema es la cocaína.

Pero quizá no.

Quizá la droga está permitiéndole atravesar una inhibición.

Quizá le permite acercarse a un objeto amoroso.

Quizá le permite decir algo que sobrio no puede decir.

Entonces la pregunta clínica cambia:

¿Qué le permite hacer la droga que usted no puede hacer sin ella?

Esa pregunta puede abrir un camino.

Porque ya no estamos hablando de cocaína.

Estamos hablando de amor.

De deseo.

De inhibición.

De angustia.

De masculinidad.

De pérdida.

De un vínculo.

Y tal vez descubramos que la droga es una solución para un problema que no se encuentra en la droga.

X. ¿Qué hace entonces el psicoanalista?

Llegamos a la pregunta que probablemente más importa en una jornada como ésta.

¿Cómo trabaja el psicoanálisis con un sujeto que consume?

Y aquí quisiera marcar una diferencia muy clara.

El psicoanálisis no tiene como objetivo simplemente convencer al sujeto de que consumir está mal.

Eso ya lo sabe.

Muchas veces el sujeto sabe perfectamente que la droga le hace daño.

Incluso puede saberlo mejor que nosotros.

Ha perdido dinero.

Ha perdido relaciones.

Ha perdido trabajos.

Ha perdido oportunidades.

Ha perdido salud.

Ha perdido tiempo.

Ha perdido confianza.

Y, sin embargo, consume.

Por eso decirle:

“Esto te hace daño”

no necesariamente produce un efecto clínico.

La cuestión es otra:

¿qué satisfacción obtiene de aquello que sabe que le hace daño?

Ahí comienza el trabajo analítico.

XI. La primera operación: desustancializar

Luis Darío Salamone utiliza una expresión que me parece extraordinariamente útil:

desustancializar el dispositivo.

Es decir:

no fascinarnos con la droga.

No convertir la sustancia en el centro absoluto de la escena.

Porque cuando todo gira alrededor de la droga, el sujeto desaparece.

La droga se convierte en protagonista.

El terapeuta habla de la droga.

La familia habla de la droga.

La institución habla de la droga.

Los medios hablan de la droga.

La política habla de la droga.

Y el sujeto queda reducido a:

“el drogadicto”.

Ése es precisamente uno de los riesgos de la nominación.

El sujeto deja de ser Juan, María, Pedro o quien sea.

Pasa a ser:

“un adicto”.

Y entonces la categoría reemplaza al sujeto.

El psicoanálisis hace lo contrario.

Dice:

No sé todavía qué significa esta droga para usted. Dígamelo.

Y ahí comienza a aparecer la singularidad.

XII. La abstinencia no es el final del tratamiento

Aquí quiero ser especialmente cuidadosa porque estamos hablando ante profesionales que trabajan cotidianamente con personas en situaciones de riesgo.

La interrupción del consumo puede ser indispensable.

Puede salvar una vida.

Puede ser el primer objetivo.

Puede ser una condición necesaria.

El psicoanálisis no tiene por qué oponerse a eso.

De hecho, los desarrollos contemporáneos del TyA reconocen la utilidad de dispositivos institucionales capaces de sostener una separación del consumo en determinados momentos. Pero la apuesta analítica consiste en no detenerse allí: una vez producida esa separación, se trata de que el sujeto pueda localizar qué función cumplía el objeto y construir otras maneras de tratar aquello que lo llevaba a recurrir a él.

Esto es fundamental.

Porque podemos decir:

abstinencia no equivale a cura.

Una persona puede no consumir y continuar completamente sometida a la misma lógica de goce.

Puede seguir sin poder soportar la falta.

Puede seguir sin poder estar sola.

Puede seguir sin poder amar.

Puede seguir sin poder desear.

Puede seguir sin poder soportar la angustia.

Puede seguir necesitando desesperadamente otra cosa que funcione como anestesia.

Entonces la pregunta no es solamente:

¿consume o no consume?

La pregunta es:

¿qué relación tiene ahora con aquello que antes resolvía mediante el consumo?

XIII. La transferencia

Y aquí aparece una palabra esencial:

transferencia.

Para el psicoanálisis, el tratamiento no consiste en darle al sujeto un conjunto de instrucciones.

Consiste en construir una relación particular con la palabra.

Pero justamente esto puede ser difícil con determinados sujetos toxicómanos.

Porque el sujeto puede llegar diciendo:

“Yo no quiero hablar.”

“Yo sólo quiero que me ayuden a dejarlo.”

“Dígame qué hacer.”

“Dígame cómo controlarme.”

Y el analista no debería apresurarse a ocupar el lugar de quien sabe exactamente qué tiene que hacer el sujeto.

¿Por qué?

Porque si el analista se convierte en otro objeto de consumo, puede reproducirse la misma lógica.

La persona consume una sustancia.

Después consume consejos.

Después consume terapias.

Después consume técnicas.

Después consume especialistas.

Y nada cambia en su posición subjetiva.

El analista necesita introducir algo diferente:

un lugar para que aparezca una pregunta.

XIV. No se trata de quitarle la droga al sujeto

Aquí quisiera formular una frase que puede resultar provocadora:

El objetivo del psicoanálisis no es quitarle la droga al sujeto.

El objetivo es que el sujeto pueda dejar de necesitar que la droga haga aquello que sólo él puede llegar a saber qué significa.

Puede ocurrir que eso conduzca a dejar de consumir.

Puede ocurrir que conduzca a reducir.

Puede ocurrir que la relación con la sustancia cambie radicalmente.

Puede ocurrir que haya una separación.

Pero el resultado no se define exclusivamente por una conducta observable.

Se define por una transformación en la relación del sujeto con su goce.

Por eso Darío Galante plantea, desde esta orientación, que la dirección de la cura apunta a que el sujeto pueda interrogar esa “X” singular de su satisfacción, en lugar de quedar reducido a la conducta visible.

XV. El problema del deseo

Aquí llegamos a uno de los puntos más interesantes.

Si la droga produce una satisfacción directa, ¿qué ocurre con el deseo?

Porque el deseo necesita falta.

Si tengo todo, no deseo.

Si no falta nada, no hay movimiento.

El deseo nace alrededor de una pérdida.

Y la droga puede funcionar como un intento de borrar esa pérdida.

Por eso podemos decir:

la droga puede ser una máquina de no desear.

No siempre, por supuesto.

Pero en ciertas toxicomanías puede funcionar de ese modo.

No tengo que preguntarme qué quiero.

No tengo que preguntarme quién soy.

No tengo que preguntarme qué quiero del otro.

Tengo el objeto.

Y mientras tengo el objeto, la pregunta se suspende.

Luciano Lutereau ha desarrollado, en relación con las adicciones, la idea de una especie de “narcosis del deseo”: una modalidad en la que el objeto puede funcionar como recurso frente al dolor de existir y frente a determinadas afecciones narcisistas.

Entonces el trabajo analítico puede consistir en algo muy delicado:

hacer reaparecer el deseo sin dejar al sujeto desnudo frente a la angustia.

Porque quitar la droga sin construir ninguna otra posibilidad puede ser simplemente quitar una defensa.

Y el psicoanálisis no busca dejar al sujeto indefenso.

Busca que pueda inventar otra relación con aquello que antes trataba mediante el tóxico.

XVI. Colette Soler: alienación, separación y la cuestión del Otro

Aquí quisiera introducir a Colette Soler.

Una de las cuestiones fundamentales de la enseñanza de Lacan es la relación entre alienación y separación.

El sujeto se constituye en el campo del Otro.

Necesitamos palabras que vienen de otros.

Nombres.

Demandas.

Deseos.

Prohibiciones.

Identificaciones.

Pero también existe la posibilidad de separarse.

No simplemente abandonar al Otro.

Sino producir una separación respecto de aquello que nos captura en su deseo.

Esto resulta particularmente interesante para pensar ciertas toxicomanías.

Porque la droga puede presentarse como una solución radical:

“No necesito al Otro.”

“Yo me las arreglo con mi objeto.”

“Yo no necesito hablar.”

“Yo no necesito pedir.”

“Yo no necesito depender.”

“Yo no necesito amar.”

Y ahí podemos entender algo de lo que el tóxico ofrece.

Ofrece una autonomía paradójica.

Porque parece producir independencia.

Pero puede terminar produciendo una dependencia absoluta del objeto.

El sujeto quiere no depender de nadie.

Y termina dependiendo de una sustancia.

Quiere liberarse del Otro.

Y termina obedeciendo al objeto.

Quiere ser autónomo.

Y termina organizado alrededor de una repetición.

Ésta es una de las grandes paradojas de la toxicomanía.

XVII. El cuerpo

Y hay otro elemento fundamental:

el cuerpo.

El psicoanálisis lacaniano no piensa el cuerpo simplemente como organismo.

Tenemos un organismo.

Pero también tenemos un cuerpo atravesado por palabras.

Un cuerpo que goza.

Un cuerpo que desea.

Un cuerpo que enferma.

Un cuerpo que se angustia.

Un cuerpo que recuerda.

Un cuerpo que lleva marcas.

La droga tiene una particularidad:

interviene directamente sobre el cuerpo.

Por eso puede ser tan poderosa.

No necesitamos hablar para que produzca un efecto.

No necesitamos comprender para que produzca un efecto.

No necesitamos interpretar para que produzca un efecto.

La sustancia toca el cuerpo.

Y produce una modificación.

Por eso la toxicomanía plantea una pregunta especialmente difícil al psicoanálisis:

¿cómo hacer entrar en la palabra algo que el sujeto ha estado resolviendo directamente en el cuerpo?

No hay que apresurarse a responder.

Hay que escuchar.

Porque quizá el cuerpo esté diciendo algo que el sujeto todavía no puede decir.

XVIII. El caso de la psicosis

Aquí es indispensable introducir una precaución clínica.

No podemos asumir que toda toxicomanía es una neurosis.

Laurent subraya que puede haber sujetos psicóticos que consumen drogas y que, en ellos, la función del tóxico puede ser completamente diferente. En algunos casos la sustancia puede participar en una estabilización subjetiva.

Esto cambia completamente la estrategia clínica.

Imaginemos a una persona psicótica que utiliza una sustancia para conseguir cierta regulación de fenómenos corporales o de una experiencia de goce invasiva.

Si simplemente decimos:

“Hay que quitarle la droga”,

podemos producir una descompensación.

Por eso el psicoanálisis lacaniano insiste tanto en el diagnóstico diferencial.

No porque quiera clasificar a las personas.

Sino porque quiere saber qué función cumple aquello que estamos a punto de quitar.

Antes de retirar una solución tenemos que saber qué estaba solucionando.

XIX. La institución

Y esto nos lleva directamente al trabajo en centros de atención.

El psicoanálisis no tiene por qué trabajar únicamente en un consultorio privado.

De hecho, la clínica contemporánea exige pensar el lugar del psicoanalista en las instituciones.

Naparstek y colaboradores han trabajado específicamente la función de las instituciones y el lugar del psicoanalista frente a las presentaciones contemporáneas caracterizadas, en muchos casos, por formas de desenganche respecto del Otro.

La institución puede cumplir una función fundamental.

Puede poner límites.

Puede proteger.

Puede organizar horarios.

Puede contener.

Puede alojar.

Puede medicar.

Puede producir separación.

Puede evitar una muerte.

Puede sostener una familia.

Pero hay algo que la institución no debería hacer:

convertir al sujeto en la categoría que lo trajo hasta allí.

No debería existir únicamente:

“el adicto”.

Debería poder existir:

un sujeto que tiene una relación singular con el consumo.

Y la institución puede convertirse en el lugar donde esa singularidad tenga oportunidad de aparecer.

XX. ¿Qué significa “responsabilizar al sujeto”?

Aquí tenemos que ser muy cuidadosos.

Cuando el psicoanálisis habla de responsabilidad subjetiva, no está diciendo:

“Es tu culpa.”

No.

La culpa moral puede aplastar.

La responsabilidad subjetiva es otra cosa.

Significa:

hay algo de tu relación con tu goce que te concierne.

No elegiste necesariamente aquello que te ocurrió.

No elegiste tu historia.

No elegiste tus traumas.

No elegiste las condiciones sociales en las que naciste.

No elegiste todas las circunstancias que te llevaron hasta allí.

Pero el psicoanálisis sostiene que existe una pregunta por lo que haces con aquello que te ha tocado.

Y eso es muy diferente de culpabilizar.

Decirle a alguien:

“Es tu culpa que consumas”

es una violencia.

Decirle:

“Podemos investigar qué lugar ocupa esto en tu vida y qué puedes hacer con ello”

es abrir una posibilidad.

XXI. El toxicómano y el cinismo del goce

Darío Galante y Luis Darío Salamone utilizan el término goce cínico para referirse a una modalidad de goce que se presenta como ruptura con el Otro y como acceso directo al Uno del goce.

El término puede sonar extraño.

Pero podemos entenderlo con una frase cotidiana:

“No necesito que nadie me diga cómo gozar.”

La droga parece decir:

“Yo sé cómo.”

“No necesito una relación.”

“No necesito una conversación.”

“No necesito una interpretación.”

“No necesito esperar.”

“No necesito seducir.”

“No necesito ser deseado.”

“No necesito saber qué quiere el otro.”

Tengo el objeto.

Y el objeto me da una satisfacción.

Ésta es una de las razones por las cuales la droga puede convertirse en un partenaire.

No solamente en un objeto.

En un partenaire.

Un partenaire que siempre está disponible.

Que no exige reciprocidad.

Que no reclama.

Que no abandona.

Que no contradice.

Que no pregunta.

Que no tiene deseo propio.

Pero precisamente por eso es un partenaire terrible.

Porque no permite aprender nada sobre el deseo del Otro.

XXII. La droga como partenaire

Luis Darío Salamone ha trabajado precisamente esta dimensión del lazo cuando la droga ocupa el lugar de partenaire.

Pensemos en lo que significa un partenaire humano.

El otro tiene deseos.

Tiene límites.

Dice que sí.

Dice que no.

Nos rechaza.

Nos acepta.

Nos sorprende.

Nos abandona.

Nos ama.

Nos decepciona.

Nos obliga a negociar.

La droga no hace nada de eso.

La droga está.

Y precisamente por eso puede ser tan atractiva.

Pero también tan mortífera.

Porque elimina la dimensión de alteridad.

El sujeto puede quedar en una relación casi perfecta con un objeto.

Y una relación perfecta con un objeto es, paradójicamente, una relación sin otro.

XXIII. El punto de fracaso

Pero hay algo que la droga no puede resolver.

Y ahí está el punto de entrada para el psicoanálisis.

La droga puede dar satisfacción.

Pero no puede resolver la existencia.

No puede eliminar definitivamente la falta.

No puede producir una relación sexual que no existe.

No puede hacer que el Otro deje de ser Otro.

No puede garantizar el amor.

No puede garantizar que el sujeto sea deseado.

No puede responder definitivamente a:

¿Quién soy?

Y cada vez que el efecto termina, algo retorna.

El vacío.

La angustia.

La soledad.

El cuerpo.

El deseo.

La falta.

Y entonces hay que consumir nuevamente.

Por eso la droga fracasa.

Pero fracasa precisamente porque funciona demasiado bien durante un instante.

Ese instante es el éxito.

La repetición es el fracaso.

XXIV. ¿Qué hacemos con ese fracaso?

Aquí está quizá la operación más interesante del tratamiento.

No tenemos que destruir simplemente el fracaso.

Tenemos que hacerlo hablar.

Supongamos que un sujeto dice:

“Lo peor es cuando se me acaba.”

El terapeuta convencional puede escuchar:

“Tenemos que evitar que vuelva a consumir.”

El psicoanalista puede preguntar:

“¿Qué es exactamente lo que se acaba?”

Y entonces quizá aparezca algo.

No se acaba solamente la droga.

Se acaba una sensación.

Se acaba una certeza.

Se acaba un estado corporal.

Se acaba una ausencia de angustia.

Se acaba una sensación de poder.

Se acaba un modo de no pensar.

Y entonces empieza a aparecer la función.

XXV. Una diferencia con las terapias convencionales

Quiero formular esto con mucho respeto.

No se trata de decir que las terapias psicológicas convencionales sean malas.

Hay tratamientos cognitivo-conductuales eficaces.

Hay tratamientos motivacionales.

Hay tratamientos farmacológicos.

Hay reducción de daños.

Hay comunidades terapéuticas.

Hay grupos de ayuda mutua.

Hay tratamientos familiares.

Hay intervenciones hospitalarias.

Cada uno responde a determinados problemas.

El psicoanálisis no pretende sustituirlos todos.

Su diferencia está en otra parte.

Mientras algunos dispositivos preguntan:

¿Cómo conseguimos que esta conducta desaparezca?

El psicoanálisis pregunta:

¿Qué función tiene esta conducta para este sujeto?

Mientras un tratamiento puede preguntar:

¿Cómo evitamos la recaída?

El psicoanálisis agrega:

¿Qué satisfacción está buscando el sujeto cuando recae?

Mientras una terapia puede trabajar:

“Identifique sus pensamientos automáticos.”

El psicoanálisis pregunta:

“¿Qué deseo está en juego allí donde usted repite algo que dice no querer?”

Mientras un dispositivo puede establecer:

“Debe mantenerse abstinente.”

El psicoanálisis puede agregar:

“¿Qué va a hacer usted con aquello que la droga estaba tratando?”

No es una diferencia menor.

Es una diferencia de concepción del sujeto.

XXVI. El riesgo de la fascinación por la droga

Salamone advertía sobre algo muy importante:

no fascinarse con la droga.

Esto también es válido para los profesionales.

Podemos fascinarnos con las sustancias.

Con sus nombres.

Con sus efectos.

Con sus dosis.

Con las nuevas drogas.

Con las drogas de diseño.

Con el mercado.

Con las estadísticas.

Con el narcotráfico.

Con las neuroimágenes.

Todo eso puede ser necesario.

Pero existe un peligro:

que terminemos sabiendo muchísimo sobre drogas y muy poco sobre sujetos.

El psicoanálisis hace una operación de desplazamiento.

Pregunta:

“¿Quién consume?”

“¿Qué lugar ocupa el objeto?”

“¿Qué satisfacción obtiene?”

“¿Qué evita?”

“¿Qué repite?”

“¿Qué pierde?”

“¿Qué gana?”

“¿Qué relación tiene con el Otro?”

“¿Qué ocurre cuando el objeto falta?”

“¿Qué ocurre cuando la droga falla?”

Porque quizá sea precisamente allí, cuando la droga falla, donde comienza la clínica.

XXVII. Cuando la droga falla

Hay una frase que podría resumir buena parte de lo que estoy intentando plantear:

Cuando la droga falla, aparece el sujeto.

Mientras la droga funciona, quizá no haya pregunta.

Pero cuando falla…

Cuando ya no alcanza.

Cuando la dosis ya no produce el mismo efecto.

Cuando aparece una pérdida.

Cuando el cuerpo empieza a deteriorarse.

Cuando una pareja se va.

Cuando aparece una deuda.

Cuando alguien dice:

“Ya no puedo seguir así.”

Ahí puede abrirse una grieta.

Y en esa grieta puede aparecer una demanda.

No necesariamente una demanda de análisis.

Puede ser una demanda de ayuda.

Pero el psicoanalista puede escuchar allí algo que va más allá:

la posibilidad de que el sujeto empiece a preguntarse por su propia relación con aquello que repite.

XXVIII. El amor como alternativa

No quisiera terminar hablando únicamente de prohibición, límite y abstinencia.

Porque el psicoanálisis no propone simplemente sustituir un goce por otro.

Pero sí introduce algo fundamental:

el lazo.

La droga puede producir una relación cerrada entre sujeto y objeto.

El análisis introduce la transferencia.

Introduce una relación con otro.

Introduce palabra.

Introduce espera.

Introduce falta.

Introduce deseo.

Y, en ese sentido, puede abrir una posibilidad que el tóxico había cerrado.

No se trata de decir:

“Ahora sustituya la droga por amor.”

Sería absurdo.

Se trata de permitir que el sujeto pueda volver a entrar en el campo donde existen otros.

Otros que desean.

Otros que hablan.

Otros que pueden decepcionar.

Otros que pueden amar.

Otros que pueden decir que no.

Es decir:

volver a entrar en el mundo de la falta.

XXIX. La cura no es volver al sujeto “normal”

Hay otra diferencia importante.

El psicoanálisis no tiene como ideal fabricar sujetos perfectamente adaptados.

No busca producir:

“una persona que nunca vuelva a sufrir”.

No existe.

No busca eliminar toda forma de goce.

No es posible.

No busca que el sujeto sea completamente racional.

Tampoco.

Busca algo mucho más modesto y, al mismo tiempo, mucho más radical:

que pueda inventar una relación menos mortífera con aquello que lo habita.

Darío Galante, en La salida de las toxicomanías, plantea precisamente que una salida analítica no puede reducirse a una prevención o tratamiento sintomático, sino que debe integrar la falta y la singularidad del sujeto en el proceso.

Y esto cambia incluso nuestra idea de “curación”.

Quizá curarse no sea:

“quedar limpio de todo goce.”

Quizá sea:

dejar de estar completamente sometido a una única modalidad de satisfacción.

XXX. Una última viñeta

Quisiera terminar las viñetas clínicas con una escena.

Una mujer llega a tratamiento después de años de consumo.

Después de mucho tiempo consigue dejar la droga.

Todos están felices.

La familia dice:

“Ya está curada.”

La institución dice:

“Logramos la abstinencia.”

Ella también está contenta.

Pero un día dice:

—Ahora que no consumo, no sé qué hacer con mi vida.

Ésta es una frase preciosa clínicamente.

Porque puede significar que algo se ha abierto.

Durante años, la droga organizaba su tiempo.

Había que conseguirla.

Consumirla.

Recuperarse.

Volver a conseguirla.

Volver a consumir.

La vida tenía una estructura.

Ahora hay un vacío.

Y ese vacío puede ser insoportable.

Pero también puede ser una oportunidad.

Porque ahí donde antes había un objeto, ahora aparece una pregunta:

¿Qué quiero?

Y esa pregunta no tiene respuesta inmediata.

Pero justamente por eso es una pregunta de deseo.

XXXI. La clínica comienza allí donde aparece una pregunta

Ésta sería, entonces, mi propuesta central.

No pensemos las toxicomanías únicamente desde la sustancia.

No pensemos al sujeto únicamente desde la conducta.

No confundamos abstinencia con cura.

No confundamos consumo con toxicomanía.

No confundamos toxicomanía con estructura clínica.

Y, sobre todo:

no confundamos el problema con la solución que el sujeto encontró para tratarlo.

Porque quizá la droga sea el problema.

Pero también es posible que la droga sea una solución.

Una solución que se volvió peor que el problema.

Una solución que terminó atrapando al sujeto.

Una solución que se convirtió en una repetición.

Una solución que finalmente empezó a cobrarle un precio demasiado alto.

Pero si queremos ayudarlo, tenemos que saber:

¿qué problema estaba resolviendo?

XXXII. Las tres ideas para llevarnos hoy

Quisiera condensar toda la conferencia en tres ideas.

Primera:

No existe “la droga” como explicación universal.

Existe una sustancia, pero existe sobre todo un sujeto que hace algo singular con ella.

Por eso preguntamos por la función del tóxico.

Segunda:

La toxicomanía no debe confundirse con el síntoma.

El síntoma freudiano es una formación de compromiso, una formación que puede dirigirse al Otro y ser interpretada.

La toxicomanía, en la lectura de Laurent, puede presentarse como una formación de ruptura, una modalidad de goce que puede prescindir del circuito del Otro y del goce fálico.

Tercera:

El tratamiento no termina cuando desaparece el objeto.

La verdadera pregunta comienza entonces:

¿qué hará el sujeto con aquello que antes hacía la droga?

XXXIII. Y entonces, ¿qué puede hacer el psicoanálisis?

Puede hacer algo muy sencillo y muy difícil.

Puede escuchar.

Pero escuchar de una manera particular.

No escuchar únicamente:

“¿Cuánto consumes?”

Sino:

“¿Qué ocurre cuando consumes?”

No solamente:

“¿Por qué no puedes dejarlo?”

Sino:

“¿Qué obtienes cuando no puedes dejarlo?”

No solamente:

“¿Qué te hace la droga?”

Sino:

“¿Qué haces tú con la droga?”

No solamente:

“¿Qué tienes que abandonar?”

Sino:

“¿Qué tendrás que inventar cuando la abandones?”

Y quizá la pregunta más importante:

“¿Qué sabe la droga de ti que tú todavía no sabes?”

Porque quizá el tóxico conozca algo del sujeto.

Algo que el sujeto todavía no puede decir.

Algo sobre su angustia.

Sobre su deseo.

Sobre su cuerpo.

Sobre su relación con el Otro.

Sobre su soledad.

Sobre su manera de gozar.

Sobre aquello que no puede soportar perder.

Y el trabajo analítico consiste en transformar ese saber mudo del cuerpo en una pregunta que pueda dirigirse al Otro.

XXXIV. Cierre

Quisiera terminar retomando la pregunta con la que comenzamos.

¿Qué consume un sujeto cuando consume una droga?

La respuesta psicoanalítica sería:

No podemos saberlo de antemano.

Y esa imposibilidad de saberlo de antemano no es una debilidad del psicoanálisis.

Es precisamente su ética.

Porque significa que no reducimos al sujeto a una categoría.

No decimos:

“Es un adicto.”

Decimos:

“Hay un sujeto y hay que escuchar qué función tiene para él ese objeto.”

Y quizá por eso el psicoanálisis pueda aportar algo particular a una jornada sobre toxicomanías.

No viene a decirnos que las drogas no son peligrosas.

Lo son.

No viene a decirnos que la abstinencia no importa.

Importa.

No viene a negar la medicina, la psiquiatría, la psicología, la reducción de daños o las instituciones.

Todo eso puede ser indispensable.

El psicoanálisis viene a recordar otra cosa.

Que detrás de la conducta hay un sujeto.

Y que ese sujeto no se reduce a aquello que hace.

Que detrás del consumo hay una satisfacción.

Que detrás de la satisfacción hay una repetición.

Que detrás de la repetición hay una singularidad.

Y que quizá, en algún momento, allí donde la droga deja de funcionar, pueda aparecer una pregunta.

Una pregunta que durante mucho tiempo había quedado suspendida:

“¿Qué hago yo con esto que me hace gozar y sufrir al mismo tiempo?”

Ahí comienza la posibilidad de una salida.

No necesariamente una salida hacia la normalidad.

No necesariamente una salida hacia una vida sin sufrimiento.

Sino una salida de la esclavitud respecto de una única solución.

Una salida hacia otra relación con el propio cuerpo.

Con el deseo.

Con el Otro.esCon la falta.

Con el goce.

Y quizá, finalmente, una salida hacia algo que la droga no puede proporcionar:

la posibilidad de que un sujeto invente su propia manera de vivir.

Muchas gracias.

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